martes, 18 de mayo de 2010

Una mosca consejera


Volvió a sonar la canción, la cabeza a pensarte y el corazón a palpitar. La noche estaba fresca y rara, solo habían dos estrellas y una luna con ganas de llorar. Los mangos que habías dejado en la mesa estaban llenos de moscas y las moscas llenas de mierda, igual que yo.

Me mantuve inmóvil con la vista hacia el sofá, donde durábamos días enteros desnudos, tirados, durmiendo, riendo, cogiendo, planeando… El tiempo pasó rápido, llegó un momento donde ya no me importaba el minutero, solo el horario, esperaba las nueve de la noche, la hora divina.

Así la llamaba, porque mamá y la gorda Miriam, mi vecina de al frente dicen que “a las nueve de la noche el amor anda suelto y loco por las calles”, cuento que terminé por creer, porque ya los años me obligaron a hacerlo.

Las moscas dejaron los mangos y empezaron a hablarme, hasta ellas andaban acompañadas, y es que en navidad quien no está acompañado; los perros de las pulgas, los niños de los regalos, el pavo de glotones, los abuelos de sus nietos y hasta el árbol de las luces, yo era el único que permanecía acompañándome, pensando en estupideces filosóficas que me daban pie a decir que la soledad era buena compañía.

Escuché que una de las moscas, la más grande y fea, empezó a decirme que yo era más mosca que ella, que tenía más mierda por dentro y que no tenía alas porque simplemente nunca me había preocupado por tenerlas.

Otras dos moscas me miraban desde la mesa donde dejaba los libros que tenía en uso en la clase de filosofía, a la que solo asistían dos alumnos que solo se les movía el cerebro cuando se pegaban en la cabeza. A propósito, esa clase me llenaba de más mierda. Las moscas se sobaban las patas y me miraban con lástima y de vez en cuando soltaban una risilla burlona que me zumbaba en los oídos.

Opté por levantarme y dejar a las moscas burlonas con la música, con el disquito ese que me hacia recordarte, pero la melodía me perseguía y me daba cachetadas, me pellizcaba, me hacía arder los ojos, me producía calambres, se me metía en los huesos y no me dejaba caminar.

Alcancé a llegar a la cocina, donde reposé un rato y lo único que quedaba era una guayaba que había recogido del árbol que está en el patio. Uno no muy grande que decidí sembrar, pensando más en la sombra que daría que en sus frutos.

La mosca que me habló también me siguió y ahora se posó en la mesita coja que tenía para aquellos desayunos veloces, informales y horribles. Desayunos donde reinaban el pan con mantequilla y la imitación paupérrima de jugo de naranja que solo me dejaba una gastritis inmisericorde que me hacía doblegar al medio día.

Ahí estábamos los dos viéndonos frente a frente, bueno no se si la mosca tenía frente pero parecía.

- Mierda eres y en mierda te convertirás, me dijo la mosca mientras trepaba la guayaba.

- Si tengo mucha mierda en la cabeza y en el corazón, pero no es mierda mía, la dejó ella cuando se fue, le contesté a aquel insecto parlanchín.

- No importa, no eres más que mierda, insistió la mosca

No me importó lo que me decía, y pensé que era un imbécil, dejándome afectar por las opiniones de una mosca conversadora.

“Yo estuve ahí cuando se fue”, apuntó la mosca, “y se que ese disco te está matando, te recomiendo que te vayas abajo del palo de guayaba y tomes aire”, concluyó el insecto.

Le hice caso y tropezándome con todo: jarrones, retratos, cortinas, recuerdos, tropezándome con el tiempo y una lamparita de neón que dejó ella en el pasillo, fui a parar al patio.

El palo de guayaba se movía poco, no había brisa, sin embargo la noche estaba fresca. Me senté en el banquito que usaba para tender la ropa y allí seguí lánguido y ensimismado, tratando de cambiarle la melodía al taladro que tenía en los oídos, pero era imposible. Casi que podía traerla a mi lado con solo concentrarme en la música.

¿A dónde te habías ido?, ¿Por qué me habías dejado con un mango y tres moscas burlonas?, ¿De donde salía la melodía esa que me hacía recordar los momentos más bonitos de mi vida?, ¿En qué momento me llené de mierda?

La mosca jodona llegó al patio y se posó en mi brazo derecho y me gritó.

- Eres un marica cagón, cómo la dejaste ir, todo por tu ego sin lógica y por tus estúpidas creencias filosóficas. Sal y búscala, no puede estar muy lejos.

- Pero se fue hace más de un año, le refuté.

- El tiempo no existe cuando hay amor, si lo hubo tiene que estar cerca, además ya son casi las nueve, recuerda lo que dice la gorda Miriam, completó la mosca.

Me quedé mirando a la mosca fijamente y pensé en lo absurdo que sería salir a buscarla, sin embargo pensé, que no podía haber algo más absurdo que ver que una mosca dándome ordenes. En ese instante corrí a la cocina y las dos moscas burlonas se sorprendieron al verme tan apurado.

Cogí la guayaba de la mesita coja, que terminó destartalada en el suelo y una bolsita pequeña para guardar la unigénita guayaba del palo. Las tres moscas se metieron rápidamente en la bolsa y salimos los cuatro a buscarla.

Llegamos a la esquina, y estaban los mismos viejos borrachones jugando dominó, seguí hasta la otra calle y no había nadie, corrí rápido hacia la entrada del pueblo pensando que te encontraría en el paradero de buses, pero recordé mientras brincaba cercas y esquivaba perros mal educados, que te gustaba irte al río, entonces cambié de dirección al instante.

Llegué jadeante y faltaban 3 minutos para las nueve de la noche, me senté en la grama cerca de la orilla y sentí que la noche, sus dos estrellas raras y la luna llorona se apartaban de mi, como dándome la espalda.

Cuando las nueve de la noche se dibujaron en mi reloj, cerré los ojos y prometí no volver a descuidarme leyendo estupideces en libros, tonterías que me cegaron y me hicieron perderla, sentí una brisa helada y me dije aún con los ojos cerrados, “este es el momento mágico”.

Al rato abrí los ojos y todo seguía igual, solo que ahora un grillo fantasma había agregado un chillido que aburría a todo el que lo escuchara.

Yo sentado a la orilla de un río, con promesas hechas, sin recompensas y con mucha mierda en la cabeza y el corazón. Todo estaba mal, a excepción de la música. Ya se había ido la melodía que me hacía recordarla, que me atormentaba y me descomponía.

Sin embargo no había quedado tan solo. Las tres moscas y yo podíamos empezar una amistad y de seguro dentro de poco todo volvería a la normalidad y encontraría un nuevo amor, eso pensé mientras me recostaba en la grama de la rivera.

Abrí la bolsa para comerme la guayaba y decirles mis planes a las tres amigas voladoras, decirles que enfrentaría mi soledad y que lo ocurrido no volvería a suceder, pero para mi infortunio las moscas se habían ahogado en el trayecto que corrí desde la casa al río, imagino que la guayaba también las apachurró…

Entonces pensé, lo bueno es que ahora vendrá la temporada de invierno, y la mosquitera será grande.

6 comentarios:

massiel dijo...

Wowww genialll me encantó Dani....las moscas me atraparon!!..es ironico a veces quienes menos creemos capaces resultan ser nuestros mejores consejeros...estuvo muy bueno, además relata exactamente los amargos momentos por los q todos pasamos con un fracaso o una desilución amorosa...Sigue escribiendo lo haces muy bien ami...Te felicito ;)!!!

borboleta blues dijo...

Me gusta, es sencillo y tiene momentos y frases geniales como la "a las nueve de la noche el amor anda suelto y loco por las calles". Hay algo en el estilo que no me trama mucho, pero bueno, eso es solo gusto y entre gustos no hay disgustos. Tú sigue escribiendo que lo haces bien y te gusta hacerlo. Lo de las moscas consejeras es sacado de los pelos, como julio cortazar cuando vomitaba conejitos rosados al amanecer. Un abrazo.

Daniel Bacca dijo...

Interesante el discurso que planteas en tus últimos escritos, jugar con lo inverosímil es un lago arriesgado de los que muy pocos salen victoriosos, como siempre mis mas sinceros respetos a tus letras, las disfruto y les aprendo.
Saludos
Daniel Bacca

Globelino dijo...

¡Realismo mágico puro verdadero! haciendo del pasaje de lo cotidiano una tragedia necesaria donde la luz al fondo del abismo no es mas que la de nuestros ojos.
¡Buena rapo! como has crecido muchacho.

Luk-z dijo...

Jejeje, que bueno, que fuerte, que sentimiento!
Hay partes que no me convencen, pero supiste plasmar el sentimiento de soledad, donde nuestro otro yo empieza a hablarnos desde cualquier parte...
Un abrazo!

Rafael Alfonso dijo...

Muy bueno Viejo Dani, de verdad que nunca había leído un escrito tuyo que me atrapara tanto, aunque siempre me han gustado mucho. Este, particularmente, me tuvo con mi atención 100%. El detalle de las moscas fue genial, y el final, contundente. Buen aporte, deberías de promocionar mas tu blog para que más personas tengan acceso a estas piezas literarias.